Francisco Javier Expósito Lorenzo | Escritor, poeta y periodista

Blog Almario de palabras

EL VIRUS DEL DESEO Y EL AMOR

 

 

La pandemia es el deseo que nos domina como un viento que arranca del árbol la hoja que amarillea. Los doctores y la mayoría de científicos no pueden comprender que el virus nos atraviesa con la espada del miedo a dejar de vivir. Porque el mayor deseo del ser humano es seguir vivo. Por eso la muerte es el final del deseo y lo que más teme el ego. La muerte es el final del ego que da de comer al deseo como a un niño malcriado. Si supiéramos que, al otro lado del puente, en la otra orilla del agua, nos hallará la calma del que nada espera ni aguarda, el deseo decaería como el reino de un tirano ante el que dejan de arrodillarse sus súbditos. La muerte sería un trecho más en el camino, y la pandemia del miedo a dejar de vivir nos abandonaría sólo con sentir el arrullo de la brisa y el frescor que invade al cruzar las orillas. Sin miedo a la muerte, no hay virus, no hay pandemia que se precie que nos pueda dominar, que nos aloje un veneno de desesperanza.

Y sólo es necesario hallar una puerta en el Espíritu, sólo es necesario para vencer cualquier virus colarnos en la aventura de la verdadera vida, un brote de hierba en el desierto, un pozo de agua en un médano, un gesto de cariño de un desconocido, para saber que siempre nos aguardará un regalo que nos deje una mano invisible, una entrega que nos libra del temblor último. Allá donde acaba la mente y comienza la fe, se abre el reino del Amor, allá donde acaba el miedo y comienza el latido, se abre el reino de la Gloria que no tiene fin. Dejarse en el entregarse a la vida de la que forma parte la muerte, es dejar de dar fuerza a los virus que llevan dentro la dinamita del miedo. Dejarse en el sentir del propio sentimiento, cuando todo se paraliza, cuando el ajetreo del mundo se da un descanso es hallar en el interior de cada uno su propio templo, es darle al corazón la oportunidad de hablar a través del cuerpo y a través del alma como si ambos fueran uno solo. Porque solo en el silencio de todo lo que quisimos hacer, de todo lo que queremos hacer, de todo lo que haremos, cabe el Amor en toda su corriente de frescura y tacto vivificante.

Diremos entonces, quizá, que nos hemos encontrado amándonos en ese que se sabe sólo parte y todo, principio y final, abrir y cerrar de ojos. Que nos hemos encontrado aceptándonos separación y fusión, miedo y amor sin separarnos siquiera un punto de la misma línea. Y allá estamos, ajenos a las noticias que nos infectan, a los botes salvavidas que desde cualquier faro nos lanzan en forma de manuales espirituales de urgente ayuda, a toda la emoción que surge desbordada y que toma forma de alimento que va a parar al gaznate de ese pirata llamado Deseo, que lleva el cuchillo entre los dientes para abordar el barco y hacer que cambien las velas que nos dirigen hacia los mares más profundos que nunca osamos, más allá de cualquier temor a lo inexplorado, más allá de cualquier expresión conocida de nosotros mismos que hayamos antes descubierto, más allá de cualquier concepto de Amor que antes hubiéramos sentido.

Algo así como si fuéramos peces a los que hubieran tirado una piedra en medio de nuestro lago, y las ondas nos hubieran sacudido de tal modo que nunca ya podremos quedarnos quietos donde estábamos, porque el estremecimiento ha sido tan fuerte que jamás volveremos a ser los mismos. Nunca ya estaremos seguros en el lago donde nos regocijábamos. Y habremos de salir afuera poco a poco, arriesgándonos a morir sin aire, como peces que olvidaran sus branquias de respirar bajo el agua, y hubieran de atreverse sí o sí, a salir a la tierra, dejarse a la voluntad del cielo, y tomar un aire nuevo que nos haga nacer pulmones, obra de nuestra creación divina, en los que el virus de la tristeza no pueda anidar ni ser inoculado en forma alguna.

AMOR EN DÍAS DEL VIRUS


Se nos da un momento para compartir, vestido con la apariencia de dividir. Surge el virus del miedo para que lo mutemos con la acción del amor. Y qué dos acciones representan más a éste: la compasión y el compartir...


Compasión y compartir son dos palabras que engrandecen, que amplían y abarcan por encima de cualquier tendencia al egoísmo, al aislamiento, al olvido de que la vida es un mutuo encontrarse más allá de las barreras y de las fronteras, un vencer las distancias para hallar cercanías inesperadas...


Y no ocurre nada si se nos limitan los movimientos y el control se ensancha, si de los Estados se decreta el confinamiento o el cierre de fronteras, si las empresas tecnológicas aprovechan esto para dar el golpe de timón a una sociedad regida por la Inteligencia Artificial y el 5G o 6G que remarca el final de la privacidad y los derechos del ser humano, subordinados a la dictadura de la nanotecnología, el arbitrarismo algorítmico sin propósito ético o humanista, y la celebración del mundo online y los grandes hiper, el ocaso del pequeño comercio o el casual de que sean las grandes empresas energéticas (electricidad, gas, agua, comunicaciones, envíos online) las que vayan a hacer su agosto con este seudo confinamiento a modo de ensayo de futuro, quién sabe, para saber de cuanto se puede prescindir sin que cambie realmente nada...


...aún con todo esto, tenemos la capacidad inmutable de compartir con los que amamos y que ahora tenemos más cerca que nunca durante horas...en nuestra propia casa muchas veces, otras en la dulzura del timbre de voz de un teléfono, y si nos confinan, si nos aislan, entonces démonos a compartir el amor que llevamos dentro, concedámonos la oportunidad de volver a comprendernos, de volver a reconocernos, de regresar a lo que perdimos allá en los tiempos (parecen tan lejanos, ¿no os dais cuenta?) del vértigo consumista, de la gloria efímera del billete, de la lejanía de hijos o parejas, dedicados de continuo a la celebración del trabajo...

ahora compartamos la piel de los que quedaron más cerca y reconozcamos sus facciones de nuevo, demos nuestro amor a los que olvidamos en la resaca de la conexión con el universo multimedia y concentrémonos en sentirnos por mucho que nos duela tomar consciencia de lo que llevamos dentro...


Y usemos la compasión con los que quedan más lejos, con nuestros vecinos, hermanos a los que no podemos tocar y compartir caricia, a los que sólo podemos enviar una onda de comprensión en virtud de nuestro perdido abrazo (tal vez ahora entendamos el significado del beso o el simple dejar una mano en el hombro)...a todos aquellos que se debaten con los mismos problemas y dificultades que nosotros, para entenderlos más profundamente y hacerlos más nosotros...


A los que quedan lejos de nuestro cuerpo enviémosles el mensaje de nuestra alma: que todos somos lo mismo y sentimos sus circunstancias como las nuestras porque nunca fuimos diferentes. A los que están más cerca compartámosles nuestros tesoros más sencillos: la caricia y el cariño, el ánimo y la dulzura de la mirada, el calor de nuestro cuerpo en el lecho, el cuento que nunca leímos al hijo o la hija que aguardaba nuestra voz confortante...

Es tiempo, a pesar de la ofensiva de recesión que amenaza, a pesar del aparente triunfo del transhumanismo, de la victoria de algún laboratorio que sacará tajada, de los que aprovechan la crisis de personalidad del ser humano para endosarle sus ardides de brujos al son de "yo sé lo que os conviene" que seamos más libres que nunca por dentro, para que cuando llegue la red de control que nos impondrán, aún más estrecha, seamos capaces de romperla desde el centro de nuestro espíritu, sin negarnos la voz o la palabra, la mano o el abrazo, y vivamos por fin en nosotros la gloria de regresar a ser humanos, a la divinidad de sentir el Ser que somos, sentados en un trono compartido con todos los habitantes de esta Tierra que, ahora mira, extrañada, el camino incierto de esos inquilinos a veces tan molestos que nunca paran de hacer cosas

DE SENTIRES E INCENDIOS, DE AMAZONIA A SIBERIA.....

 

 

Amigos queridos,

 

No es sólo la Amazonia y sus pavorosos incendios; es África, donde más de diez mil fuegos asolan en estos momentos Congo y Angola; y fue Siberia, desde junio, en donde han ardido más de cinco millones de hectáreas, una superficie similar a la Croacia entera. Y es Europa, en Gran Canaria, en Francia, Portugal, Grecia, donde cada vez se queman más y más bosques sin tregua.

¿Qué está ocurriendo?, ¿qué mensaje se esconde detrás de esta cadena sincrónica y epidémica de incendios mayúsculos? Una llamada de atención de la Naturaleza, sí, lo es, una llamada de socorro consistente en la propia inmolación o sacrificio de ésta para que el ser humano caiga en la consciencia y su responsabilidad de una santa vez; un reflejo de nuestro inconsciente carbonizado y ceniciento que arde en las profundidades y se representa fuera, en la realidad externa.

Mas tras la visión espiritual, nuestra vision periférica de dualidad anuncia algo más, una mano sinuosa y tentacular que extiende su presencia por todo el orbe y que quizá esté poniendo en jaque nuestras reservas mundiales de oxígeno verde para golpearnos allá donde más nos duele y provocar una mayor crisis medioambiental que le beneficiaría a corto plazo. El negocio de la compra-venta de bienes naturales por bonos de inversión  -que pertenecen a todos- por parte de fondos de inversión, bancos o empresas o superpotencias, permite que si disminuyen precisamente esas cantidades de masa forestal o de especies en peligro de extinción en lugares ajenos a aquellos en que se compraron bonos, suban las cotizaciones de los territorios que se mantienen a salvo, y que están sjuetas al sistema de bonos o bajo propiedad de estas empresas o países. Sube la cotización, claro está, porque se han reducido existencias. Negocio, pues.

¿Podría no ser casual entonces esta ola de incendios en todo el mundo?, ¿son zonas aún no compradas o ajenas al sistema de bonos verdes por parte de estos intereses y que aún están bajo la protección de etnias indígenas que no se han plegado a sus fines? Por lo menos es para preguntarse si el aumento de este sistema de protección basado en el negocio y la especulación de bienes naturales, no tiene que ver con que el aumento de las superficies forestales quemadas en menos de tres años se haya triplicado.  

La luz de la Amazonia o del Congo o Siberia, nunca ha de extinguirse si no se extingue en cada uno de nuestros corazones, si os conectáis con su espíritu profundamente y la recreais sintiéndola desde vuestra energía, que es la misma, que es la de la Tierra, que es la del Cosmos, con solo cerrar los ojos y poner la intención, pues todos somos lo mismo, las partes el Todo y el Todo las partes, y cada uno se convierte en la Amazonia al sentirla en su alma, en su mente, en su cuerpo, haciendo de la Trinidad una, porque somos la Amazona y la Amazonia somos nosotros como cualquier otra parte de la Tierra. Esto da vida y presencia.

Y esta labor empieza por lo pequeño en cada día, por cada árbol que encontráis en las calles de una ciudad encerrado en su adoquín, por cada flor o rama que rozáis al pasar a su lado cuando vais andando hacia casa. ¡Tocadles!, ¡acarciadles!, no son adornos, dadles vida, porque cuando les estaís mirando, considerando, movéis la energía de la atención, les hacéis visibles, vivos, pues el mundo lo creamos con nuestros ojos, y allá donde ponemos la atención, creamos un nuevo universo, y si cada uno, a cada momento, es consciente de la Naturaleza que le rodea, de las plantas, de los árboles, de los bosques, de los insectos, los pájaros, de los peces aquellos que aún en este verano se sumergen en las aguas de los mares que abrigan nuestras orillas con su oleaje, si cada uno es consciente de la naturaleza urbana que nos rodea, será consciente de vasta y salvaje de la Amazonia, de Siberia, del Congo....

Y será esa atención amorosa de reconocer la gota del océano de la Naturaleza, el acariciar, el contemplar con benevolencia esa vida que pugna y crece en las ciudades o en nuestros campos, la que entregará una lluvia y fertilidad que silencie los incendios, que anegue de amor la ceniza tras el fuego, y lo que creéis invisible se hará visible, y la luz anegará los paisajes desolados, y los animales regresarán, y las enrededaderas treparán sobre las ceibas de nuevo, y los monos aulladores o los micos saltarán de diana en diana, y el jaguar volverá a rugir en los manglares a la busca del tapir, y todo lo que es volverá a ser. 

Comenzad primero por lo pequeño. Reeduquemos nuestra manera de mirar el mundo, vayamos a lo vivo más cercano, a nuestro cuerpo que cuando anda entre los bosques se calma y se mece como una hoja más del árbol, a la escucha del viento y la tierra que nos abraza como propia cuando agradecemos que somos en Todo y que el Todo es en nosotros.

La Amazonia que se quema, la Siberia que arde, el Congo que aúlla en llamas, la Gran Canaria que quedó encenizada, es el cuerpo que se nos abrasa, es la mente que se carboniza, es el Alma que queda asolada. Porque somos lo mismo y el Todo de la Naturaleza está en nosotros.

¿No lo entendéis? Vive para que vivamos, muere porque la matamos, presos de nuestra ignorancia, atrapados en nuestra pequeñez, ciegos a la vida, porque no nos amamos, y ese reflejo interior de castigo, se torna en fuego sagrado que arde las estepas, las sabanas, las junglas y las selvas como un rayo de nuestra propia tormenta de sufrimiento.

Amarnos la Naturaleza es amarnos a nosotros mismos y amarnos a nosotros mismos es amar la Naturaleza. Elegir la consciencia de la responsabilidad es empezarnos a amar. La Amazonia o cualquier hábita en que viamos es parte de esa responsabilidad que nos fue dada y que nos dimos porque cuando nos hacemos daño la dañamos y al dañarla nos dañamos. Ajenos a cualquier interés, ajenos a cualquier movimiento que no venga del Amor, de la exacta y certera comprensión de que la Tierra es de todos y a nadie pertenece como pertenece a todos. 

 

 

El incendio de Notre Dame nos habla

 

Hay un mensaje para quien desee profundizar, más allá del dolor, más allá de la herida, más allá del incendio de una catedral de gran belleza y significado no sólo para el culto religioso, sino también para la estética y el arte de una cultura, de un pueblo, de Europa entera. Por eso, este mensaje nos atañe a todos, a una civilización completa, porque nos enciende una luz en llamas como símbolo de nuestro propio interior.

No hay realidad externa que no sea un reflejo de nuestra realidad interna. Algo en nosotros, muy dentro, quiere arder, quiere ser purificado, quiere calcinarse para salir vivificado, abonado, enriquecido con esas cenizas que, como energía transformada, alimentan aún más la tierra. Por eso la Naturaleza y el ser humano mismo queman los pastos de la sabana en Serengetti para que luego lleguen las lluvias y hagan crecer aún más hermosa la pradera tras la estación húmeda. Esto ha de pasar con el ser humano. El fuego de la transmutación alquímica va a levantar ascuas dentro del hombre y la mujer, y el incendio de Notre Dame nos da la sincronía de este proceso transformado que ya está en marcha, que ya se avecina, y que arrumbará símbolos de una vieja Europa, de una antigua civilización, de un viejo ser humano que necesita dar un paso más allá de las creencias, de sus propios límites, de sus construcciones y sus mitos, para desarrollar un nuevo tiempo en el que la consideración por los templos externos (muy sana y apoyada en la estética y la concepción de armonía y a su vez mental) dé paso a la consideración del templo interior o interno, más allá de formas, creencias, ideologías, materia, que forma parte del mar del espíritu en el que toda gota siendo genuina también a la vez se pierde. 

De esto nos habla el incendio de Notre Dame, por mucho que ahora se quiera reconstruir -aunque no se haya perdido su esencia del siglo XII del todo- pues no se trata de volver otra vez a lo viejo -la aguja del siglo XIX y sus añadidos de construcción- sino de quedarnos con la esencia del templo y su saber, lo verdadaramente esencial para construir ese puente necesario que nos lleve a la otra orilla que ha de cruzar el ser humano. Esto es, quedarnos con lo que nos servía de lo clásico para construir algo nuevo.

Y esto ha de pasar con las religiones, con las empresas, con las instituciones, con la política, con todo aquello que viene del ser humano, que ha de remozarse a través de un fuego transformador (en este caso interior y esperemos que no como el de Notre Dame) para dar luz a un nuevo hacer que venga desde la riqueza de lo intangible que habita en el alma. Reconocernos con alma. Esto es, que nuestra atención empiece a virar hacia la parte interna y dejemos de dorar y adorar sólo la parte externa, estética, el arte por el arte (loable y rico pero no sin su prolongación de alma que ahora hemos perdido) y esa es la esencia de los constructores de catedrales de Notre Dame. Ese arte con alma, esa creación que, independientemente de creencias, ideologías, políticos, gobernantes o dineros, pervive para volver a crear con la sola presencia del ser humano. 

Por eso el incendio de Notre Dame también nos habla, simbólicamente, y más tras el Domingo de Ramos, en la Semana de la Pasión, a través de la más que probable pérdida de las reliquias que se hallaban en el chapitel derrumbado del siglo XIX -un trozo de la cruz, un clavo y parte de la corona de espinas del Maestro Jesús de Nazaret-, de que el sufrimiento -la cruz, los clavos, la corona de espinas- termina para el ser humano, que la época que nos ha llevado a donde estamos, de sufrimiento mental con apego a la desgracia y la muerte que conlleva el enfrentamiento y la separación a través de ideologías, religiones o políticas o banderas, está terminando sin remisión y forma parte de esa transformación interior que se le pide al ser humano. Dejar el conflicto, la separación.

Para eso no hay más tu tía que el alma, el único instrumento posible del espíritu que nos hace a todos iguales, que nos convierte en lo mismo, porque nos hace a unos ser parte de los otros. Eso es ser templos interiores, y no exteriores, el darnos cuenta que no necesitamos rezar en ningún lugar, con ningún culto (aunque los respetemos) porque Dios está dentro de cada uno -en la forma que cada cual quiera nombrarle o reperesentarle- y que no hay intermediarios ni lugares físicos en los que esté sólo presente -que también está en ellos- sino que nosotros lo llevamos allá donde estamos.

Somos el Santo Lugar. Somos Tierra Santa. Lo digo y lo redigo en el libro "¡Somos Tierra Santa! La Paz de Melville", que plantea de alguna manera todas estas cuestiones que a mi ser le traen este incendio del gran patrimonio que es (y está bien decirlo) para toda la Humanidad esta catedral de Notre Dame. Ahora se nos pide dar un paso más allá de Notre Dame, se nos pide que de las ruinas erijamos un nuevo templo, que no tenga precisamente su ojo posado sólo afuera en sus formas y estructuras, sino que nazca y mire desde dentro, hacia dentro y por dentro, puesto que la luz del fuego interior habrá de iluminar con fuerza renovada el paisaje externo, aunque ahora veamos sólo la grisura embadurnada de la piedra por el humo y la llama. 

El incendio de Notre Dame nos habla de nosotros. Hora es ya de escuchar los mensajes que llegan porque son el reflejo de lo que se mueve en el inconsciente colectivo, en la sonoridad silenciosa de esta era que agoniza para propiciar un cambio de paradigma, de dimensión, de visión, de vida, de humanidad. 

 

 

NOTRE DAME, NOTRE DAME

 

 

 

Se incendia la catedral de Notre Dame (lo siento mucho por los franceses y los que amamos la armonía del patrimonio universal), la patria chica del jorobado, la inspiración de Víctor Hugo, el dominio de las gárgolas que me miraron a los ojos cuan Medusas, y no veo en ello sino una señal clara de la caída de símbolos que va a llegar en próximos tiempos, la caída de todo lo que creíamos eterno, inamovible, permanente en nuestra memoria...

El incendio de Notre Dame pone en jaque nuestras identificaciones con el arte, con los países, con nuestras creencias e incluso con nuestros mismos recuerdos, y nos conduce al esforzado terreno del desapego de lo creado por el ser humano, a pesar de la admiración por la belleza y la armonía que existe en cada templo construido por arquitectos que fueron maestros iniciados.

Llegan tiempos en que habrá visiones inverosimiles, caídas inesperadas de símbolos empresariales, ceremoniales, institucionales, medioambientales, cambio de cambios, poco a poco, como una erupción lenta...Notre Dame, símbolo de Europa, orgullo de París y de Francia, ya no volverá a ser lo mismo...el fuego incendia el templo mas nunca el alma, acaba con la creación más nunca con su creadora...

El fuego decae, y con él avanza la noche, que trae siempre la hora de la ceniza que fertilizará un nuevo tiempo de luz.